Danzaperformance para público adulto
Duración de la obra: 50 minutos
Creación: Aramburo/Rocha
Concepto, Dirección y Puesta en Escena: Diego Aramburo
Coreografía: Camila Rocha
Texto: Diego Aramburo (en base a testimonios de las “actuantes”)
Producción: Kiknteatr © 2015
Estrenada como parte del programa “Mujeres como Tejedoras de Puentes entre Culturas” del Centro de la Cultura Plurinacional de Santa Cruz de la Sierra (Bolivia)
Cinco personas en escena, sala frontal mediana a grande

 

Con: Abigaíl Villafán, Rocío Canelas Blas, Rosa Caballero y Camila Rocha
Composición musical y universo sonoro: David Arze
Concepción espacial y de iluminación: Diego Aramburo
Fotografía: Paola Lambertín
Video y diseño de Arte: Diego Aramburo
Agradecimiento a: Lía Michel, Alejandra Díaz, y especialmente a Silvana Vázquez y el Centro de la Cultura Plurinacional, Santa Cruz, Bolivia (FCBCB)

 

LA OBRA
Muchos de los cambios históricos de Bolivia han sido posibilitados por acciones, casi siempre invisibles, de mujeres que ni si quiera ocupan un lugar en nuestra historia.
Cambio: dejar una cosa o situación para tomar otra.
Cambio: cualidad inmanente a todo ser y materia.
Hejarei: voz guaraní (sincretizada), que significa “soltar”, “dejar”, “dejar ir”.
Parte de la actual aproximación a Bolivia de Kiknteatr, HEJAREI reflexiona sobre una de las características cruciales de las distintas “bolivianidades”: la resistencia como fuerza, pujanza y hasta como motor. Sincretizarse, ceder absorbiendo algo ajeno para vencer y seguir siendo uno a largo plazo; una suerte de antropofagia empática –antropofagia en el sentido de Oswald de Andrade.
La más brava y heroica resistencia invariablemente la encontramos entre las mal denominadas “minorías” y los sectores por cualquier motivo postergados.
En Bolivia, la discriminación generalizada es y ha sido clasial, racial y de género. En este sentido, uno de los episodios más esclarecedores es La Masacre de Kuruyuki, sucedida en 1892; y fue tan vergonzosa y tan tristemente representativa de la tradicional actitud segregacionista de nuestras clases dominantes, que casi nunca es mencionada en nuestra “historia” ni su enseñanza.
En la ya República Independiente de Bolivia, ese régimen aún tenía a pueblos enteros como esclavos (de grandes haciendas). Al tratar ellos de sublevarse, el gobierno central reunió un ejército de más de mil hombres que aniquilaron a seis mil hombres, mujeres y niños guaraníes armados apenas con arcos y flechas. Los vencedores terratenientes fueron premiados por el gobierno recibiendo aún más tierras de propiedad ancestral del pueblo que aplastaron y a “los vencidos” como más esclavos.
En este evento el rol de la mujer es central: para empezar, Apiaiqui, el líder de ese movimiento guaraní no hubiera llegado a serlo si su madre no hubiera sido la luchadora que, esclavizada y para darle mejores oportunidades, dejó ir a su hijo con quien podía ofrecerle un mejor destino, pero esto sólo para luego recuperarlo; y al ver Apiaiqui el trato que sufría su madre, forjó la idea de liberar a su pueblo.
La mujer guaraní sigue siendo eje de la familia, la comunidad y la lucha por recuperar soberanía humana, social y territorial, protagoniza movimientos, lidera organizaciones e incluso realizó la ofrenda extrema en pos de su pueblo: los suicidios colectivos de inicio del actual siglo. Respecto a esta medida radical frente a la opresión física, psíquica y sexual a la que los suyos eran sometidos, Bartomeu Meliá dijo “las mujeres, que eran fuente de una relación especial con la vida en su cultura, entonces, por no dar vida a la muerte, daban muerte a la vida”.
Soltar aquello que permitirá lograr objetivos mayores es una de las claves de los grandes logros sociales y hasta del arte contemporáneo. Morir para vivir. La generosidad como fuerza y mejor forma de todos ganar. Generoso secreto quizás entendido sólo el cuerpo de la mujer. El cuerpo femenino, histórica, semiótica, simbólica y fisiológicamente entendido.
HEJAREI es un territorio femenino que se enuncia a sí mismo como acción lograda al ofrecerse sin mesura, exactamente como el territorio victorioso que es un cuerpo de mujer que se yergue sin pedir permiso frente a una decadente cultura patriarcal y aún machista que se ve paso a paso derrotada con cada mujer que no se detiene y así gana espacios para los suyos y para sí.
El cuerpo desnudo de una mujer. Afronta digna y furiosa contra toda máxima patriarcal que quiere cosificar y comerciar imposibles apolíneos cuerpos erotizados a través de lo no mostrado, lo provocador –y es así en realidad que se niega el cuerpo de la mujer real, la que sí se desnuda en carne y hueso, la mujer madre, hermana, hija, mujer de cualquier edad, raza y contextura.
Mujeres perfectas todas en su diferencia e imperfección: todas las mujeres de carne y hueso, de cualquier medida y condición. Constatables como la vida y la muerte mismas. Constatables por ejemplo a través de la medicina –arte que en sus orígenes también fue femenino, pero apropiado por la visión masculina, el ritual femenino de sanar se convirtió en la industria que niega la virtud del dolor y la naturaleza (femenina), de sosegar el paso y atender las causas cuando hay dolor.
Así como la danza, el cuerpo femenino conlleva el flujo cíclico y vital que sabe que la naturaleza de todo ser es moverse, renovarse y, sin perder la esencia, cambiar. Así mismo, la naturaleza femenina, central en las naciones originarias y en “la Bolivia mayoritaria”, se basa en la cualidad del flujo, contraria a la permanencia, y así posibilita su movimiento y avance. De hecho, ya en Grecia, Heráclito y los presocráticos, postularon el fluir y el cambio como inmanencias del ser –lo que se vería retomado por Nietzsche y luego por una serie de filósofos trascendentales del actual pensamiento, como Gilles Deleuze-. Aunque, al mismo tiempo, hay que reconocer común a la idiosincrasia de distintas “bolivianidades” cierto apego por el pasado, al punto de romantizarlo.
Pero HEJAREI no es un homenaje ni a los pueblos ancestrales ni a la mujer, pues en ambos casos quedaría corto. HEJAREI es un hecho vivo en el que cinco mujeres –cuatro de ellas no bailarinas ni performers-, ellas, sus humanidades, sus cuerpos y sus almas, entregan algo de sí y afirman de esta manera una esencia femenina, humana y artística. De esta manera, son quizás un recordatorio de otras ofrendas, pero sólo pueden serlo al ser una ofrenda en sí, una ofrenda digna y de fuerza, no de resignación, sino de resistencias, victorias y logros, una ofrenda de valor.
A nivel formal, esto abrió preguntas sobre la danza contemporánea y cómo abordarla, más en un país como Bolivia, pleno de “danzares originarios”. ¿Cuáles serían las constantes del “danzar” de esas culturas originarias?, ¿cómo se mueve el cuerpo en estas latitudes?, ¿qué nos viene impuesto desde otras culturas para el “danzar”?, ¿qué limita nuestros cuerpos al danzar?, ¿la danza requiere del cuerpo alterado por un entrenamiento determinado?, ¿cuál el valor enunciativo y semiótico de una acción danzística?, ó aún: ¿el arte escénico aún debe “contar” –una historia?; se dice que el arte procura conmover, no entretener, pero ¿la conmoción debe restringirse a un efecto emotivo, o el objetivo refiere principalmente a conmocionar, poner en moción, en movimiento algo, generar una reacción, ojalá lograr acción?. Y, si una mujer originaria hace avanzar la vida al cederla, ¿una mujer que danza, puede seguir danzando al ceder su fisicalidad?

 

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